VIDEO: Los políticos de UDI y RN que hicieron campaña por el SI para seguir en Dictadura (y ahora se las dan de demócratas)

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Alberto Espina, Andrés Chadwick, Joaquín Lavín, Andrés Allamand, José Antonio Kast, Jaime Guzmán. Todos fascistas que llamaron a votar para seguir en una Dictadura que cometió un genocidio contra la Clase Trabajadora, que se robó todo lo que se podía robar y que más encima sólo creó pobreza… Y estas mismas escorias ahora se venden de “demócratas” 

 

 

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3 comentarios

  1. celebran porque la transición fue ultrapactada solo hubo cambio de administradores no de sistema económico, a pesar de que en el año 82 llevó la cesantía al 23% y ahora la tiene en el 8%, menos mal que los periodos son de cuatro años no más, porque tienen la caga con la economía.

  2. La entrevista completa la encontré en blog llamado jinete insomne.
    aquí habla sobre capitalismo, ciencia y otras cosas más

    Mario Bunge: “Aunque en materia política todos somos tuertos, más vale que el ojo vidente sea escéptico” (2)
    Mario Bunge es uno de los filósofos de la ciencia más importantes e internacionalmente reconocidos del siglo XX. Físico y filósofo de saberes enciclopédicos y permanentemente comprometido con los valores del laicismo republicano, el socialismo democrático y los derechos humanos, su formación humanística y política se enraizó en los barrios obreros de Buenos Aires que recorrió de niño junto a su padre, médico y diputado socialista. En 1938 fundó la Universidad Obrera Argentina (UOA), institución donde los trabajadores de distintas actividades recibían capacitación técnica y sindical. Sugestivamente, la UOA fue cerrada en 1943 por el coronel Perón, por entonces secretario de Trabajo y Previsión de la dictadura militar que gobernaba la Argentina. Bunge se doctoró en Ciencias Físico-Matemáticas en la Universidad Nacional de La Plata en 1952 y luego ejerció como profesor de Física Teórica y Filosofía, allí y en la Universidad de Buenos Aires, hasta 1963. Tras su partida del país, enseñó en universidades de México, Estados Unidos y Alemania hasta que, en 1966, se radicó en Montreal, donde ejerció la docencia en la Universidad McGill. Estando ya en Canadá, durante la dictadura del general Onganía, sus obras fueron quemadas en el patio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires junto a las de Marx, sobre quien por entonces opinaba que había sido un “científico social serio e importante que empujó al liberalismo hacia la izquierda; fue un materialista coherente y escribió con claridad sobre todo. Pero aprendió de Hegel unas cuantas lecciones que viciaron su sistema entero”. Se refería, claro, a la dialéctica, rama de la filosofía que éste desarrolló en su “Phänomenologie des geistes” (Fenomenología del espíritu) y sobre la cual, Bunge siempre mantuvo una posición formalmente crítica. En la actualidad, Bunge, con su singular método cientificista, critica tanto al capitalismo por su generación de desigualdad y desempleo, su creación de falsas necesidades de consumo, sus abusos medioambientales y su fomento de guerras por los recursos naturales, como a la hagiografía marxista, el neomarxismo y el marxismo estructuralista. “Aunque en materia política todos somos tuertos -dice Bunge-, más vale que el ojo vidente sea escéptico”, y recomienda practicar el escepticismo moderado o puramente metodológico que recomendara Descartes -aquel que propone dudar antes y después de creer- a la vez que propone la alternativa de un socialismo cooperativo como alternativa al libre mercado y el capitalismo. Piensa además que “la filosofía política deberá formar parte de un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría realista del conocimiento, una ética humanista y una visión del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporáneas”. En esta segunda parte del compilado de entrevistas, Bunge habla sobre política y economía.

    Usted ha señalado que existe una crisis de la filosofía dentro de la crisis actual del sistema. Cuando dice sistema, ¿se refiere al sistema social?

    Bueno, el capitalismo desenfrenado ha fracasado obviamente. Hay que buscar urgentemente nuevas vías; no se sabe si con un parche va a sobrevivir o habrá que cambiar de raíces el orden social. No se sabe hasta cuando durará ese capitalismo, ese palio-capitalismo, lo llamo yo, un capitalismo completamente anticuado. Pero obviamente, algunas sociedades van a capear la tormenta mejor que otras. Por ejemplo, Suecia mejor que Estados Unidos, porque tiene servicios sociales, porque tiene el llamado mercado social, ¿no?

    El capitalismo vive una de sus mayores crisis desde 1929. Usted ha hablado de un modelo de sociedad llamado “tecno-holo-democracia”. ¿Qué significa esto?

    Occidente es víctima de una mala filosofía política, el neoliberalismo, según la cual las empresas deben tener total libertad. Y ya se sabe que el capitalismo es suicida y por eso necesita controles. Los críticos del capitalismo, sin embargo, no ofrecen ninguna alternativa creíble. Los socialistas están paralizados y no tienen nuevas ideas. Los marxistas siguen repitiendo los mismos conceptos del siglo XIX. Yo sostengo que en el futuro tendría que haber una democracia integral, no limitada a lo político, sino extendida hacia lo económico y lo cultural. Esa sociedad futura, además de buenas ideas, necesita técnica, porque el gobierno no debe estar en manos de aficionados. Y la democracia económica se alcanzará a través de las cooperativas, que son empresas que actúan en el mercado pero bajo la propiedad y la administración de sus trabajadores, con la colaboración de especialistas.

    ¿Y la ética calvinista que impulsó el capitalismo?

    Eso ya se acabó. Según Max Weber la ética calvinista era muy cuidadosa con el dinero, no especulaba. El capitalismo de los últimos treinta años, especialmente en Estados Unidos, ha sido el capitalismo del casino, de las especulaciones y los préstamos. Es la persistencia en el liberalismo. Demócratas y republicanos son igual de culpables en esta crisis por la falta de controles. Le han permitido a las empresas hacer lo que quieran, incluso suicidarse.

    ¿El liberalismo se ha vuelto casi una religión?

    Sí, exactamente. Son falsos dioses. Esta crisis es producto de esos falsos dioses.

    ¿Considera que el problema es asumir al liberalismo como verdad absoluta antes que como ideología?

    Sí, es verdad. Ya en los años ’90 hizo crisis el Consenso de Washington. Eso ha ocasionado que algunos países elijan a gobiernos de izquierda o presunta izquierda, de centro.

    ¿La ideología impide llegar a la realidad?

    En efecto, porque son ideas preconcebidas. Algunos cuando intentan aproximarse a la realidad echan mano a recetas, es un simplismo puro. Nunca hacen caso de los datos o de las ciencias sociales. Salvo el caso del liberalismo que se aferra a una teoría económica que no tiene que ver con la realidad.

    Es que la economía no es una ciencia exacta.

    No. Hablan de libre mercado y nunca lo ha habido. Siempre fueron monopolios u oligopolios. Además, una cosa es la libertad del empresario y otra la del trabajador. No son iguales. En Estados Unidos sólo el 7% está afiliado en sindicatos, pero a fines de la Segunda Guerra era el 50%. Las empresas no quieren gente sindicalizada. Quieren personas serviles, no quieren trabajadores con ideas propias, quieren máquinas.

    En uno de sus últimos libros se refiere a las pseudociencias. Una de las teorías que usted considera pseudociencia es la economía neoclásica. ¿Cómo es entonces posible que una teoría así, tan poco, digamos, presentable teóricamente, incluso inconsistente en sus postulados en su opinión, siga teniendo hegemonía académica y oriente la política económica de tantos gobiernos?

    Hay varios motivos de su popularidad. Uno es que, por ser esquemática, es fácil de aprender y enseñar. Otro es que, al no exigir contrastación empírica, puede ser aprendida por cualquiera que sepa un poco de matemática. Un tercer motivo es que adula al egoísta, al hacerle creer que es racional. Un cuarto motivo es que disfraza sus fallas con un ropaje matemático. Un quinto motivo es que aún no le han salido competidores. La ortodoxia seguirá dominando mientras los escépticos económicos no construyan una teoría alternativa, que sea matemáticamente transparente y esté acorde con la economía real. Por cierto, no han faltado alternativas, tales como las de Sraffa y Fisher, pero se han quedado en etapas esquemáticas. Tenemos necesidad de un nuevo Keynes, que sea matemáticamente refinado, esté al día con la economía experimental y lea los periódicos para enterarse de que la enorme mayoría de la gente es pobre y de que los periodos de equilibrio son excepcionales.

    Tampoco el marxismo sale demasiado bien parado en su libro. Confunde, en su opinión, la lógica y la ontología; adolece de una escasa lógica formal; infravalora el papel de la cultura, la política y la ideología; su gnoseología es de un realismo ingenuo que “no deja sitio a la naturaleza simbólica de las matemáticas o de la física”. No continuo, su lista es larga. ¿Todas las tradiciones marxistas encajarían en esa aproximación? Pienso, por ejemplo, en la obra de Geymonat, Casari o Sacristán, o incluso en la de Marx, Engels y Gramsci, y no me acaban de encajar las cosas.

    El marxismo es un cuerpo de doctrina enormemente rico. En él hay de todo, desde intuiciones geniales hasta desvaríos. Lo que no hay es método científico ni utilización de los hallazgos obtenidos fuera de la escuela, salvo en los caso de los historiadores marxistas británicos y los antropólogos y arqueólogos rusos, a quienes usted no cita. Usted cita a Geymonat, Casari y Sacristán, pensadores estimables pero no originales. Gramsci fue original al insistir en la importancia de la política y de los intelectuales, pero no tuvo la oportunidad de construir una politología ni una culturología.

    En un artículo del diario “La Nación” se comenta que en su juventud “fue un fugaz entusiasta de Freud y Marx”. ¿Cómo pasó de admirarlos a considerarlos “puro macaneo”?

    Bueno, momentito… Marx era un científico social serio, un pensador serio, pero muchas veces confundió ciencia con ideología. Y además, aceptó la filosofía de Hegel, cuando la “dialéctica hegeliana” era puro macaneo. Freud, en cambio, era un escritor popular muy divertido pero nada científico. Del psicoanálisis me curó la lectura de unos capítulos de un libro de Bertrand Russell. Y del marxismo me curaron dos acontecimientos: el primero es el hecho de que la dialéctica es una filosofía de la guerra, del conflicto. Y la Guerra Fría, como usted sabe, fue muy caliente, y yo era pacifista y el marxismo no se acomodaba con el pacifismo. Era contradictorio que los comunistas participaran en movimientos por la paz, porque, insisto, la dialéctica es conflicto. Además, el Partido Comunista argentino era muy dogmático: muy poca gente pensaba igual que sus integrantes, que repetían consignas que venían de afuera. En todo caso la táctica, digámoslo así, me curó del marxismo. Pero sigo admirando a Marx, porque fue el primero en prescribir de manera científica el engranaje de la economía capitalista. Y además, denunció la explotación a la par que otros estudiosos del capitalismo alababan al capitalismo por ser renovador, progresista. Marx no negaba ese aspecto pero también discutía el aspecto moral o, mejor dicho, inmoral. Entonces, mi rechazo a Marx no es del mismo tamaño y de la misma vehemencia que mi rechazo a Freud y los demás macaneadores.

    Marx quería encontrar las leyes de la sociedad, así como Newton encontró las de la gravedad. ¿Por qué falló? ¿Le faltaron matemáticas?

    Sí. El estudió matemáticas pero por su cuenta y escogió textos anticuados. Le tenía un gran respeto a la ciencia, creía ser el Darwin de las ciencias sociales. De hecho quiso dedicarle “El Capital” a Darwin, pero éste no quiso. Marx no fue a ninguna universidad. No tuvo cerca a nadie que le enseñara. Fue un gran inconveniente. Otro fue su acercamiento a la filosofía de Hegel, abstrusa y absurda. Hegel, a diferencia de los demás charlatanes -como Husserl o Heidegger, que no tienen problemas- sí se ocupó de temas importantes. Pero los trató mal. Otra cosa que le faltó a Marx fue sociología. Es interesante: la primera obra de Engels fue de sociología empírica. Entrevistó docenas de familias de Manchester y escribió sobre la clase obrera inglesa basado en sus datos.

    La capacidad de recolección y de procesamiento de datos que hay ahora es enorme. ¿Se podrían encontrar las leyes de la sociedad?

    Los datos no bastan y con la computación no llegamos muy lejos. La física moderna no se hizo sobre la base de datos sino sobre teorías confirmadas con datos. El motivo es sencillo aunque no lo han explicado los filósofos. Las leyes de alto nivel contienen conceptos que no tienen contrapartida empírica. Por ejemplo, el concepto de masa o el de aceleración, en la época de Newton, no se podían medir. Pensemos en el concepto de cohesión social. Usted no va y mide la cohesión social. Pero Marx fracasó también porque no creía en la democracia. Era elitista.

    Ha dicho usted que ninguno de los miles de marxistas que ha habido en el curso de los últimos cien años, con la posible excepción de Ernest Mandel, ha propuesto una teoría económica alternativa, y atribuye esto a que no han sido científicos sino escolásticos. Aunque gran parte de ellos no hayan sido científicos en el sentido en el que usted está usando ahora el término, muchos han formado parte de tradiciones de política revolucionaria, no han sido economistas o científicos académicos sin más. Los marxistas críticos que se han dedicado a temas económicos han puesto más el acento en denunciar los mecanismos de explotación, miseria y marginación del capitalismo que en la construcción de una teoría económica alternativa. Podemos pensar en Baran, en Sweezy, en economistas próximos al PCI, en Morishima, en Kalecki, no sé si Joan Robinson puede ser considerada una economista marxista, o Sraffa, el amigo de Gramsci.

    De acuerdo. Todos los economistas que usted menciona, con la posible excepción de Morishima, que se limito a matematizar “El Capital”, han hecho aportaciones importantes, más a la crítica del capitalismo y de la economía ortodoxa que a la reconstrucción de la teoría económica. Una prueba está en que ninguno de ellos, ni sus discípulos, ha sido capaz de describir, y menos aún de predecir, el colapso de las economías del bloque llamado socialista, ni las numerosas crisis del capitalismo.

    En “Filosofía política” propone usted una alternativa al capitalismo y al socialismo que denomina “democracia integral”. ¿Sería tan amable de explicarnos en qué consistiría y ponernos algunos ejemplos?

    En una democracia integral, todos comparten la riqueza, la cultura y el poder político. Cuando un grupo monopoliza alguno de estos recursos, no sólo excluye a la gran mayoría, sino que también termina por apoderarse de los demás recursos. Esto ocurre tanto con el capitalismo como con el socialismo autoritario. Por esto preconizo la combinación de la democracia (o autogobierno) con el cooperativismo.

    El término “socialista” aparece varias veces en su libro. ¿Qué es para usted el socialismo? ¿Puede citarme un socialista que sea un autor de interés, aparte de usted mismo, claro está?

    Hay muchas clases de socialismo, pero todos ellos dicen tener algo en común, a saber, la aspiración a la sociedad de socios, de iguales, que compartan las riquezas naturales y culturales en lugar de permitir que éstas sean acaparadas por minorías. Obviamente, el socialismo autoritario es imposible, ya que, al concentrar el poder político en una minoría, excluye a la mayoría del control de las riquezas naturales y culturales. El socialismo auténtico promueve la participación de todos en el gobierno de la cosa pública. Hay muchos socialistas dignos de ser leídos, en particular Rousseau, Louis Blanc, John Stuart Mill, Marx, Engels y Rosa Luxemburg. Yo los admiro, pero para ser socialista hoy no basta conocer a los clásicos, sino que hay que investigar el mundo social contemporáneo.

    Usted dijo que era un liberal de izquierda ¿Cree que el socialismo tenga futuro?

    Sí, sí, sí, absolutamente seguro. Pero un socialismo muy diferente al que hemos visto y se ha proclamado hasta ahora. Yo creo en un socialismo democrático y sobre todo cooperativista, no estatista. Yo creo que las empresas del futuro serán las cooperativas.

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