Investigación reveló que los medios independientes ya tienen la misma influencia que los medios tradicionales

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Más allá de que los medios tradicionales hace años que venían a la baja, fue el Estallido Social el que terminó por sepultarlos cuando decidieron criminalizar las protestas y silenciar las violaciones a los DD.HH, llegando al punto que se produjeron protestas en varios canales. El efecto secundario de esto fue que las personas comenzaron a informarse a través de otras fuentes, lo que generó el auge de los medios independientes. Un completo artículo de CIPER publicó una investigación académica sobre el tema. Parte de ella señala:

 

Cuando los medios de comunicación se publicitan a sí mismos, afirman que llegan primero con la noticia o que cuentan lo que otros callan. Poca atención ponen, en cambio, a un elemento que hoy es gravitante: la confianza que generan en los lectores. Basada en una investigación académica en curso sobre los patrones de circulación de noticias, esta columna da cuenta de una gran crisis de confianza que viven los medios tradicionales (diarios y canales de televisión, principalmente) desde el 18/O. Esa crisis está cambiando el patrón de consumo de noticias y la dieta informativa de los chilenos. Un resultado destacable es el aumento de la circulación de los medios alternativos, caracterizados por la alta centralidad de la información política en sus contenidos. En estos nuevos medios, dicen los autores, no se observa el alto nivel de desinformación con que se los moteja desde el poder.

 

El análisis es parte de una serie de trabajos de investigación realizados en el marco de dos proyectos financiados por el consorcio Social Science One-Facebook, y financiados por el Social Science Research Council de EEUU, con el objetivo de entender los efectos de las redes sociales en procesos sociales y políticos contemporáneos. Ambos proyectos están siendo desarrollados en el marco del Instituto Milenio Fundamentos de los Datos, financiado por la Iniciativa Milenio.

 

La semana pasada se publicó una documentada investigación de la periodista Alejandra Matus sobre un decreto que beneficiaría directamente los intereses económicos del presidente Sebastián Piñera y sus cercanos. El decreto 77, firmado por Piñera, prácticamente venía con nombre y apellido, pues beneficiaba solo a una empresa con la que, de acuerdo con la nota, él y su familia están relacionadas (el gobierno negó el vínculo del presidente con el casino). Es el último caso de un largo historial de conflictos de interés con beneficio económico vinculados al actual presidente.

 

No nos interesa aquí volver sobre los detalles de la investigación, o sus posibles implicancias políticas o judiciales. Lo que nos interesa problematizar es el silencio de la mayoría de los medios de comunicación tradicionales sobre el caso. Pese a que Matus difundió su investigación tanto en la web como en un programa de televisión, ésta apenas fue recogida por el resto de los medios periodísticos. Sin embargo, al contrario de lo que sucedía en el pasado, ese silencio terminó, casi inmediatamente, gracias a las redes sociales, donde el caso #EnjoyGate se volvió viral. La indignación social no solo se centró en el círculo presidencial, sino muy especialmente en el sistema de medios tradicionales y su silencio. A nuestro juicio, el caso Enjoy ilustra un tipo de dinámica que se ha vuelto dominante en el debate sobre medios y su acción política en el Chile post-estallido.

 

Para entender cómo cambió el contexto en que operan los medios tradicionales, y el efecto de sus decisiones de agenda en la actualidad, describimos a continuación los resultados de una investigación social en curso sobre los patrones de circulación de noticias en medios tradicionales y alternativos, antes y después del estallido del 18 de octubre de 2019.

 

UN NUEVO CONTEXTO

En los últimos tres años la industria de medios informativos chilena atravesó lo que en otros países tomó una década o más. A partir de 2018, se sucedieron en Chile cierres de medios tradicionales, reestructuraciones y despidos masivos de periodistas. A esta profunda crisis del sector se sumó, a partir del estallido social de octubre de 2019, la consolidación de una crisis reputacional que en 2020 tuvo a la televisión, la radio y la prensa entre las instituciones con menores niveles de confianza del país. Como consecuencia de estas disrupciones, los patrones de consumo de noticias de los chilenos cambiaron significativamente.

 

Sin embargo, la crisis económica de los medios tradicionales venía gestándose desde antes, con la creciente digitalización de la dieta mediática de los chilenos. Hace ya varios años que la principal vía de consumo informativo para la mayor parte de la población son los medios digitales, incluyendo las plataformas sociales. En su reporte 2020 sobre Chile, el Reuters Institute de la Universidad de Oxford encontró que para el 73 % de los usuarios las fuentes de noticias más importantes son las redes sociales, sobrepasando incluso a la televisión (66 %). En la medida en que el consumo informativo se digitalizó, la publicidad —la principal fuente de financiamiento para la mayoría de los medios— también lo hizo. Según la Asociación de Agencias de Medios, solo entre 2018 y 2020 la participación de los canales digitales en la inversión publicitaria aumentó de 28 % a 49 %. Así, los conglomerados de medios no lograron compensar la caída de ingresos causada por la irrupción de la publicidad digital.

 

Ante una caída drástica de ingresos y un futuro poco auspicioso, los principales medios del país, en especial los canales de televisión abierta y las cadenas de diarios de El Mercurio S. A. P. y Copesa, optaron por una fuerte reducción de personal. Entre 2017 y 2020 se dejaron de editar revistas de larga trayectoria como Paula y Qué Pasa, se cerró el diario La Hora y quebró la editorial Televisa Chile, responsable de publicaciones como Caras. En estos tres años se cuentan 2.460 despidos de periodistas en diarios, revistas y canales de radio y TV.

 

No obstante, los déficits de calidad en el periodismo chileno no son solo imputables al proceso de digitalización. Ya a principios de los años 2000 se criticaba la excesiva cercanía de los principales medios periodísticos con las elites políticas y empresariales. Un análisis de contenido comparado realizado entre 2012 y 2013 encontró que mientras más de la mitad de las noticias políticas en Estados Unidos evidenciaba un rol cuestionador del poder, apenas el 11 % de las noticias en Chile hacía lo mismo. El mismo análisis mostró que el número de fuentes de información consultadas por los periodistas estadounidenses más que duplicaba el de sus pares chilenos.

 

Parte de la cercana relación entre los medios tradicionales y las elites en Chile se debe a la estructura de propiedad de los medios, una de las más concentradas de América Latina (ver informe de Asesoría Técnica Parlamentaria de la Biblioteca del Congreso). En un contexto de caída significativa de confianza en las instituciones políticas y sociales, durante buena parte de los años 90 y la primera mitad del siglo xxi los medios de comunicación se consolidaron como una de las instituciones relativamente más confiables para la ciudadanía. La combinación entre estructura de propiedad y confianza ciudadana generó un alto poder de establecimiento de agenda por parte de las elites económicas y políticas en la difusión de noticias en Chile.

 

Sin embargo, el estallido social del 18 de octubre de 2019 generó una disrupción importante en la industria de medios. El descontento social, expresado en las manifestaciones sociales y catalizado por los episodios de represión masiva por parte de las fuerzas de orden, se tradujo también en la impugnación de medios tradicionales. La principal queja era que los medios periodísticos —en especial la televisión— cubrían de manera sesgada la realidad política y social del país, favoreciendo al gobierno y las fuerzas de orden en contra de las demandas de los movimientos sociales.

 

EL AUGE DE LOS MEDIOS ALTERNATIVOS

Es así como el estallido social de octubre de 2019 encontró a una industria periodística debilitada en lo económico y también en su capacidad de proveer información de actualidad de calidad. Sin embargo, a diferencia de otras olas de protesta como las de 2006 y 2011, esta vez los medios periodísticos dejaron de ser testigos de una revuelta ciudadana y pasaron a ser protagonistas (o antagonistas). El ejemplo más visible al respecto lo constituye la serie de manifestaciones a las afueras de las estaciones de televisión en Santiago. También hubo consignas populares, ataques callejeros contra reporteros y hasta la quema de la sede de un diario regional.

 

A la crítica generalizada por la cobertura del estallido social se sumaron reclamos de más larga data. El resentimiento ciudadano contra los medios periodísticos se ha consolidado como sistemático. El Reuters Institute registró una caída de 15 puntos porcentuales en la confianza de los chilenos hacia los medios informativos entre 2019 y 2020. Una consecuencia de esta crisis de confianza en los medios tradicionales fue que cambió el patrón de consumo de noticias y la dieta informativa de los chilenos, particularmente de los usuarios online, lo que agudizó la tendencia preexistente hacia la digitalización. En dicho contexto, emergieron una serie de medios digitales que —mediante plataformas sociales como Facebook y Twitter— lograron viralizar sus coberturas alternativas sobre el estallido, sus causas y sus consecuencias.

 

Muchos de estos nuevos medios, de carácter ciudadano y militante, fueron impugnados por los medios tradicionales como difusores de desinformación o de información dudosa, no verificada según la práctica periodística profesional. Entonces, los medios alternativos doblaron la apuesta politizando los sesgos presentes en la pauta y cobertura de los medios tradicionales, compartiendo material audiovisual de los excesos de las fuerzas armadas contra la protesta social, lanzando campañas en contra los medios hegemónicos como “#Apagael13” (en referencia a Canal 13, cuyo propietario es uno de los principales grupos económicos del país, la familia Luksic) y emplazando los periodistas más visibles como “voceros” del gobierno y sus intereses.

 

EL EFECTO DE LA DISRUPCIÓN

Para estimar el efecto de la disrupción causada por el estallido de octubre de 2019 en el consumo de noticias, decidimos hacer un análisis sobre el desempeño de los medios de comunicación en las redes sociales. Estos medios se clasificaron en dos grupos, siguiendo la definición de Lee (2018): medios tradicionales y medios alternativos. Los medios tradicionales incluyen los canales de televisión abierta, emisoras de radio, diarios y sus correspondientes versiones digitales. Los medios alternativos, en tanto, incluyen medios digitales nativos, sitios de noticias independientes y estaciones de radio comunitarias (Tabla 1). En ambos casos se incluyen medios que tienen presencia en Facebook y que pueden tener líneas editoriales opuestas, es decir, un medio puede ser alternativo y favorable al gobierno (caso de El Líbero) como tradicional y opuesto al gobierno (The Clinic).

 

Tabla 1

Clasificación de medios

 

A partir de esta clasificación y con ayuda de las herramientas de análisis de difusión en redes sociales de la plataforma CrowdTangle de Facebook, se calculó el promedio diario de veces en que fue compartida (shares) cada publicación de cada uno de los medios incluidos en ambas categorías. Además del análisis de los números absolutos, también se estimó una línea de base y un índice agregado de variabilidad diario para cada grupo de medios. Para ello, utilizamos como parámetro el mínimo promedio de shares observado para medios tradicionales (35,6 shares) y alternativos (15,3 shares).

 

En la Tabla 2 presenta la variación observada antes y después del 18 de octubre de 2019 respecto de la interacción de usuarios con información publicada en Facebook por medios tradicionales y alternativos. Luego del estallido, la circulación de noticias de medios alternativos fue 15 veces mayor a su línea de base. Ese incremento es 10 veces mayor al observado para los medios tradicionales, cuya circulación creció por un factor de 4,8 inmediatamente después del 18 de octubre. Los patrones observados se mantuvieron inalterados incluso luego de transcurridos 100 días desde el estallido. Al mismo tiempo, la información contenida en la Tabla 2 permite concluir que la circulación de noticias provenientes de medios tradicionales venía decreciendo ya, de modo sistemático, antes del 18 de octubre. Mientras los medios alternativos sostuvieron su incremento 100 días luego del estallido, los medios tradicionales volvieron a perder circulación más rápidamente luego del 18 de octubre.

 

Tabla 2

Evolución de shares por fecha antes y después del 18 de octubre

 

Finalmente, en las siguientes figuras se ilustran los patrones de consumo de ambos grupos de medios antes y después del 18 de octubre según número promedio de shares diarios y según la variación relativa de estas interacciones. En esto, es interesante corroborar que, a diferencia de los medios tradicionales, el incremento en la circulación de medios alternativos en las redes sociales es más sostenido en el tiempo.

 

En suma, los datos sugieren que el consumo de información y los patrones de legitimidad social de los medios han cambiado significativamente entre 2019 y 2020. Así, bajó la confianza y exposición a los medios tradicionales, al mismo tiempo que aumentó la circulación de los medios alternativos, caracterizados por la alta centralidad de la información política en sus contenidos. Además, derivan su reputación de mostrarse como alternativa a los centros de poder y las líneas editoriales de los medios tradicionales. Por ahora, no se identifica que una mayor circulación de medios alternativos implique necesariamente mayor desinformación. Sí se observa, en cambio, un proceso creciente de politización de estos medios. Si bien esto abre la puerta para que estos medios contribuyan a una polarización del público, son eficaces en impugnar la agenda informativa de los medios y fuentes tradicionales. Dicho de otro modo, el monopolio de los medios tradicionales como productores de “verdades periodísticas” quedó abiertamente objetado y cuestionado socialmente.

 

Figura 1

Efecto del 18 de octubre en la circulación (Facebook shares) de medios alternativos y tradicionales

 

IMPLICANCIAS

La pandemia de COVID-19 intensificó el juicio ciudadano mayormente negativo hacia los medios tradicionales. Esto se demuestra en una encuesta panel de dos olas, realizada por la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica. La encuesta muestra que el porcentaje de personas con bastante o mucha confianza en los periodistas se mantuvo entre el 15 % y el 17 % entre noviembre de 2019 y mayo-junio de 2020 (Grassau et al., 2020). En el caso de la televisión, las cifras descendieron del 11 % al 7 %, respectivamente. Para poner estos datos en perspectiva, el mismo estudio mostró que la confianza en el alcalde o alcaldesa de la comuna de residencia del entrevistado subió del 26 % al 34 % en el mismo periodo.

 

Como consecuencia de esta baja legitimidad, la práctica de silenciar casos complicados para los poderosos, como #EnjoyGate, ha dejado de tener el efecto que tenía en el pasado. Es más, al operar sobre un contexto social y político diferente, dicha práctica hoy genera el efecto inverso al que tradicionalmente se lograba. En lugar de opacidad, silencio, y aquiescencia, el silencio se vuelve estruendo. Producto del fortalecimiento de las redes sociales y los medios alternativos, la capacidad de los medios tradicionales y sus controladores de “cortar la agenda pública” — esto es, de silenciar, excluir o desviar la atención de noticias desagradables para el poder—es más limitada que antes.




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4 comentarios

  1. Facho pobre on

    Falto piensaprensa que se saco un 7 en el estallido social, gracias a ellos, muchos pacos y milicos estan siendo investigados.

  2. También faltó Radio Villa Francia. El sitio verdadahora.cl tiene reportajes escalofriantes. Recuerdo haber leído hace varios años el nexo entre un exsecretario chileno de la OEA con una organización dedicada al tráfico de drogas cuyos integrantes dieron muerte a un joven penquista que estuvo desaparecido por más de un año

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